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El macrocentro
comercial propone y dispone de nuestras pautas de consumo y de
conducta, nos ofrece seguridad sin libertad, aburrimiento sin
sobresaltos e ignorancia sin contratiempos.

“Los
casos de padres que solicitan el amparo ante la fiscalía son
minoría. Es un tema que les avergüenza. Existen muchos más casos de
tiranía en las familias asturianas que no trascienden”

Foto: FER |
Ciudades
irreconocibles

Por Gonzalo Olmos Fernández-Corugedo
MCuando este artículo sea publicado es muy posible que ya hayan
cerrado definitivamente los multicines Brooklyn de Oviedo, y, con
ellos, desaparezcan las salas de proyecciones en el casco urbano,
transmutadas en nuevos supermercados. Llámenme romántico, pero la
caída, como piezas de dominó, de todas y cada una de las salas de
cine que recuerdo de mi infancia (Real Cinema, Principado, Clarín,
Minicines, Ayala) me produce una profunda tristeza, y me invita a
pensar en los nuevos senderos que han tomado nuestras ciudades. A
partir de ahora, para ir al cine tendremos que sortear, queramos o
no, un bombardeo de escaparates y ofertas, carros de la compra y
grupos de adolescentes que pasan la tarde en el centro comercial.
Aprenderemos a soportar un hilo musical que se acelera cuando las
tiendas están llenas para incitar a la rápida compra. Suspiraremos
apiñados en las colas de las taquillas. Nos sentiremos, antes de
llegar a la sala de cine, hormiguitas en un desfile de consumo
rápido, despersonalizado e irreflexivo.
La reducción de las salas de cine a apéndices de los centros
comerciales va con el ritmo de los tiempos. No se espera de nosotros
que vayamos dando un paseo al cine, ni que veamos una película
flotando entre el silencio de la concurrencia, ni siquiera que
comentemos la jugada al finalizar la proyección; y por supuesto no
se nos exige rumiar una reflexión motivada por la película. Lo que
quieren es que vayamos en coche al centro comercial, consumamos
perritos calientes y nachos mientras vemos "La pasión de Cristo"
(esto lo he visto yo a un vecino de butaca con mis propios ojitos),
chismorreemos siempre que podamos, y al finalizar la proyección nos
vayamos de compras antes de que se nos ocurra preguntarnos cualquier
cosa sugerida por la película. El sistema ya ha conseguido que el
cine forme parte, en buena medida, de su engranaje, comprimiendo
toda posibilidad transformadora del séptimo arte entre el huracán de
los centros comerciales, quintaesencia del modo de vida que nos
proponen. Más temprano o más tarde se les ocurrirá alguna
estratagema similar (alguna más acertada que los horribles
best-sellers que nos inundan) para reconducir la lectura a una
actividad inocua para el poder establecido; quizá ni les haga falta
mientras los niveles de lectura desciendan y el analfabetismo
funcional crezca. Menos mal que todavía nos queda internet como
ventana de libertad (acosada, eso sí).
La desaparición de las salas de cine urbano viene de la mano de una
transformación de nuestra estructura comercial conectada con
profundos cambios de la fisonomía urbana. Los ejes comerciales de
barrio languidecen, particularmente en Oviedo, mientras las grandes
cadenas de establecimientos y los centros comerciales de nuevo cuño
crecen sin limitaciones más o menos efectivas. Un par de datos
estadísticos para ilustrar la afirmación: mientras Asturias tiene el
2,6% de la población de España, tiene el 6,1% de la superficie de
supermercados e hipermercados; y en los últimos 4 años se ha puesto
en marcha el 30% de la actual superficie de supermercados e
hipermercados en Asturias. Los barrios pierden tiendas y
personalidad, y el punto de encuentro deja de ser la plaza, la calle
o la terraza, pasando a ser la escalera mecánica del centro
comercial. Se quiebran círculos colectivos -el grupo de vecinos- y
se debilitan relaciones personales -el comprador con el comerciante
del barrio-. Ningún centro comercial será jamás un ágora en el que
se debate sobre el devenir de las cosas: al pasar su puerta sólo
somos un número más en su lista de fieles consumidores-adeptos.
Con el cierre de los Brooklyn, en definitiva, damos un paso más para
acercarnos al escenario distópico que fabula Saramago en "La
caverna": el macrocentro comercial propone y dispone de nuestras
pautas de consumo y de conducta, nos ofrece seguridad sin libertad,
aburrimiento sin sobresaltos e ignorancia sin contratiempos. ∆
Niños tiranos

Pequeños dictadores
Niños que se niegan a comer, que insultan y agreden a sus padres y
hermanos. Niños que imponen su voluntad, que amenazan con irse de
casa y denunciar a sus padres si no consienten con todo aquello que
ellos quieren. Una estadística realizada por el Instituto de
Atención Social a la Infancia, Familia y Adolescencia revela que, en
el año 2005, cerca de una treintena de parejas acudieron al
Principado de Asturias en busca de ayuda con la que hacer frente a
la tiranía de sus hijos.
Miguel Silveira
Psicólogo Clínico
Tras el paso por su consulta de varios de estos
casos Miguel Silveira cree que, gran parte del
problema, se solucionaría imponiendo unos límites
que los más pequeños deben respetar como parte
fundamental de su educación.
-¿Por qué aumenta este fenómeno?
-Hemos pasado de una sociedad autoritaria a otra más
permisiva donde se ve con malos ojos todo lo que
suene a imposición, prohibición y sanción. Hemos
pasado de familias con varios hijos a la
predominancia de familias con un solo hijo. Esto
significa que el niño se convierte en el único
receptor de todas las atenciones. Esto lo perciben
claramente algunos niños, que tienden a aumentar su
presión sobre los padres para conseguir lo que les
apetece. Poco a poco comienzan a adquirir conciencia
del poder que tienen, y lo ejercen recurriendo a
rabietas, amenazas, chantajes y toda clase de
presiones.
-¿Por qué los padres ceden tanto terreno?
-Son proclives a no negarles nada, a agradarles, a
compensarlos por la escasez de tiempo que tienen
para atenderlos; quieren compensarlos por la
ausencia del padre o de la madre, separados quizás;
o simplemente les consienten porque resulta más
cómodo que prohibirles, reñirles o resistirse a sus
presiones.
-¿Qué cifras se manejan en Asturias?
-Se registraron oficialmente unos treinta casos de
petición de amparo ante la fiscalía de menores en el
año 2005. No conozco los datos del 2006. En todo
caso los casos de padres que solicitan el amparo
ante la fiscalía son minoría, porque es un tema que
les avergüenza. Existen muchos más que no
trascienden a los Servicios Sociales y miles que se
están fraguando en toda Asturias. En mi caso, desde
hace 6 ó 7 años, han aumentado las consultas de
padres que confiesan que no saben qué hacer con sus
hijos.
-¿Cuáles son los principales problemas que ocasionan
estos niños?
-Los niños rompen con sus comportamientos la armonía
del grupo familiar y escolar, aumentan el estrés de
sus cuidadores y suponen la vulneración de las
normas de convivencia, si consiguen salirse con la
suya. A medio y largo plazo es un perjuicio para la
salud mental y el equilibrio del niño mismo, que va
creciendo con una conciencia de poder que luego la
sociedad frenará. No lo soportará fácilmente. Son
candidatos a convertirse en adictos a sustancias, al
desorden, a la falta de autocontrol de sus impulsos,
a la intolerancia y a la frustración.
-Para buscar las causas de estos comportamientos
¿dónde tenemos que mirar?
-Los padres tienen la mayor responsabilidad. La
mayor parte de ellos no saben cómo educar
debidamente a sus hijos en los valores esenciales,
nadie les ha preparado en estos tiempos de cambios
tan intensos. El sistema educativo también tiene una
responsabilidad porque no propicia ni estimula
debidamente el esfuerzo, el respeto a las normas, a
los demás y tampoco sanciona debida y
proporcionalmente las transgresiones. La cultura
imperante, permisiva con los comportamientos
disruptivos, caprichosos, violentos e
indisciplinados facilita que los padres y el sistema
educativo vayan en la línea de propiciar los
comportamientos tiranos en vez de los
comportamientos de respeto a los demás, de cortesía
y buenas maneras, de obediencia a la autoridad
familiar, escolar y social, así como de reflexión
sobre las consecuencias de nuestros actos.
-La administración asturiana ¿responde adecuadamente
ante casos de este tipo?
-Creo que necesita más medios materiales y humanos
para absorber todos los casos más serios de tiranía
que surgen en las familias. Se debería financiar
programas de prevención, llevados a cabo por
profesionales expertos, que trabajasen en la
educación de los padres para que aprendan cómo
educar a sus hijos en los valores del respeto
social, la comprensión, el esfuerzo y la tolerancia
y sepan qué tienen que hacer cuando surgen los
problemas. ∆ |