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“En centros de educación para chicos de edades más
avanzadas tiene que haber algún tipo de protección”

“Lo importante es ir a la raíz de ese tipo de
comportamientos y corregirlos con medidas
educativas”

“Si se hiciera de forma generalizada me parecería
demasiado alarmista”

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Profesor del C.P. La Gesta (Oviedo)
“Creo que depende del tipo de centros. Si hablo del
nuestro, yo creo que no es muy necesario, porque en
este tipo de colegios no suele haber ningún tipo de
problema.
Mi opinión es que no debería llegarse a ese extremo,
pero por otra parte no podemos cerrar los ojos, dado
que estamos rodeados de cierto nivel de
delincuencia. Yo sé perfectamente dónde hay, aquí
cerca, una serie de muchachos que se dedican a
“trapichear” con droga. Lo he visto con mis propios
ojos. No quiero relacionar exactamente la droga con
la delincuencia, pero existe un vínculo, por lo que
considero que en centros de educación para chicos de
edades más avanzadas tiene que haber algún tipo de
protección.
Hay profesionales que creen que han perdido la
autoridad frente a sus alumnos porque resultan
agredidos, pero la autoridad hay que ganársela, no
tiene que ser impuesta. Los alumnos me tienen que
respetar, pero no porque haya un policía cerca, sino
porque me hago valer a través de mis conocimientos y
de mi enseñanza”.
Secretario de Política Educativa de
CC.OO.
“Nosotros pensamos que los centros educativos no
son lugares de riesgo ni para la convivencia ni para
la integridad de los escolares. Por tanto, no
creemos que se deban adoptar ese tipo de medidas,
sino que lo que se debe hacer es favorecer la
convivencia entre el alumnado.
Se deben aplicar medidas preventivas si hay
situación de riesgo, y medidas correctivas en el
caso de que aparezca cualquier problema de
convivencia. Ante eso, tolerancia cero, por
supuesto. Pero lo importante es ir a la raíz de ese
tipo de comportamientos y corregirlos con medidas
educativas. Sería interesante también contar con
otro tipo de apoyos y recursos que puedan tener los
centros, como por ejemplo la intervención de otro
tipo de profesionales con las familias de alumnos
que puedan tener ciertos problemas. El alumno no es
culpable de esa situación, fruto de una determinada
situación social”.
Secretaria de Información de la USO
“Si se hiciera de forma generalizada, me parecería
algo demasiado alarmista, ya que no tenemos
constancia de que en todos los centros educativos
haya motivos para una vigilancia permanente.
La implantación que tenemos nosotros es en la
enseñanza concertada, donde los centros ya tienen
impuestas unas medidas y unas normas de seguridad.
Por otra parte, hay ciertos institutos donde nos
consta que la policía municipal hace rondas a la
hora de los recreos.
En resumen, nos parece que las medidas que tienen
los centros son bastante buenas, pero también nos
parecería bien que, según qué centros públicos, se
pusiese un sistema de vigilancia. Sería cada centro
el que tendría que analizar si eso sería una medida
deseable o no”.
Presidente de la FAPAS Miguel Virgós
“En casos puntuales y concretos, si fuese
absolutamente necesario porque no se domina la
situación, sería un tema que quedaría a criterio de
la propia policía, incluso del consejo escolar. En
un principio con policía de cercanías creo que puede
ser suficiente.
En centros normales creo que no haría falta, pero no
se descarta en centros con problemas serios de
convivencia, con alumnos cuya conducta no fuera
acorde con la normalidad. El hecho de poner cámaras
quizá sería excesivo, pero hay que dejar la vía
abierta para poder hacerlo en caso necesario”.
“No se descarta en centros con problemas serios de
convivencia”
Catedrático de Lengua Castellana y Literatura.
Director del I.E.S. “Valle de Turón”
“Una evidencia acompaña nuestro diario vivir: el ojo escrutador del
Gran Hermano se hace cada vez más omnipresente, atreviéndose incluso
a abandonar la esfera de lo virtual y tornarse visible a nuestros
propios ojos, en forma de cámaras que nos vigilan y persiguen por
doquier. Por una de esas extrañas paradojas, a medida que los
ámbitos de la libertad individual se volvieron más extensos y
diáfanos, se comprobó que el disfrute de sus beneficios y su
ejercicio mismo no son posibles sin el imprescindible control y
protección que los preserven. Dicho de otro modo: el tándem o
binomio “libertad-seguridad” se impone hoy a todos con meridiana
claridad. La escuela no es ni puede ser un gueto o una isla separada
del resto de la sociedad. Muy al contrario: es el corolario de sus
logros y aciertos, al tiempo que pozo de decantación de sus
frustraciones y fracasos. Pero es, debe ser, ante todo, instrumento
de cambio y transformación, trampolín al que encaramarse en busca
del nuevo hombre y la nueva mujer, tubo de ensayo en el que
encontrar solución a los problemas planteados, dentro y fuera de la
escuela. Peligros de nuevo cuño acechan hoy a nuestros alumnos en el
entorno escolar, sea éste el patio de recreo, sus instalaciones o
las propias aulas. Algunos de estos peligros nos cercan desde fuera,
otros son arrastrados por los mismos alumnos, dentro de sus mochilas
o en sus propias cabezas: oferta y consumo de estupefacientes,
conductas agresivas y violentas, prácticas variadas de acoso,
adopción de hábitos y comportamientos insolidarios y poco
saludables, etc. Por otra parte, las nuevas tecnologías nos ofrecen
cámaras de vigilancia y otros medios muy eficaces para registrar
tales conductas inciviles e identificar a sus protagonistas. El
dilema y consiguiente debate, “libertad-seguridad” está, pues,
servido en nuestras escuelas e institutos con toda su crudeza e
intensidad. Pero, ¿qué podemos y debemos hacer quienes concebimos la
escuela como el caldo de cultivo necesario e imprescindible para la
formación y crecimiento como personas de nuestros alumnos, cuyo
principal ingrediente es precisamente el ejercicio de su
responsabilidad, sustentado en un puñado de derechos y deberes
básicos? Pues bien, tal vez la respuesta esté en poner todos los
medios a nuestro alcance, destinados a preservar esos derechos
fundamentales, trenzados por la libertad de la mayoría de nuestros
alumnos y de sus profesores, y que muy a menudo se ven conculcados
por el “no derecho” de minorías inciviles, cuyas conductas deben ser
corregidas y educadas. Por consiguiente, ¿cámaras de vigilancia en
las escuelas e institutos? Pues sí, a condición de que se
salvaguarde la privacidad e intimidad personal de alumnos y
profesores, se instalen previo debate y acuerdo democrático de todo
el personal del centro educativo, se perciban como un medio más al
servicio de los derechos personales y de los objetivos y fines
escolares y se les confiera una función disuasoria y educativa.
Porque, no lo olvidemos, estamos, nada más y nada menos, que en la
ESCUELA, y aquí venimos a aprender a convivir en libertad, y a
responsabilizarnos de nuestros actos, con cámaras, sin cámaras, o a
pesar de ellas.
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