|
“Genes o genomas muy semejantes
pueden expresar su información de forma diferente, en función de
cómo estén regulados”
|
-¿Por qué para conocer
mejor el genoma humano necesitamos estudiar el de otras especies?
-Hace cinco años que conocemos la secuencia del genoma humano,
pero su complejidad es enorme: son tres mil millones de letras
seguidas, y hay que saber dónde están los genes, las secuencias que
regulan esos genes, etc. Para eso la mejor herramienta de que
disponemos es la bioinformática, que nos permite comparar ese genoma
con el de otros organismos ya secuenciados, desde el chimpancé por
cercanía, hasta el ornitorrinco por lejanía; pasando por ratones y
ratas, o incluso el pollo o la mosca. Por ejemplo, si se buscan
diferencias entre los genomas de mamíferos que tienen cuernos y los
que no los tienen, se puede ver que en estos últimos han
desaparecido series de genes. De lo que se puede deducir que
posiblemente participen en la formación de los cuernos.
-Es decir, que
intentáis ver qué diferencias genómicas son responsables de las
diferencias biológicas.
-Efectivamente. Y del mismo modo se puede aplicar a la
enfermedad. Por ejemplo, los primates no humanos, como el chimpancé
o el gorila, tienen menos cáncer que los humanos. ¿Eso a qué se
debe? ¿A factores genéticos, ambientales, o a la combinación de
ambos? Comparando genomas podremos identificar una serie de
diferencias que nos hacen más susceptibles al cáncer que a ellos.
Fundamentalmente, nosotros estudiamos procesos como el cáncer y el
envejecimiento. Y para comprender esos procesos biológicos o
patológicos tan extraordinariamente complicados, no nos ha quedado
más remedio que acudir al análisis global de los genomas. Por eso
estudiamos la evolución humana y tratamos de situarla en el contexto
de otras especies próximas. Este trabajo forma parte de una
estrategia global que aspira a entender la vida y la enfermedad
humanas a través del estudio molecular.
-¿Cómo se llevó a cabo
la investigación sobre el genoma del ornitorrinco y qué parte
desarrollasteis en la Universidad de Oviedo?
-La primera fase fue en Estados Unidos, donde se realizó la
secuenciación del genoma. Allí tienen máquinas secuenciadoras muy
costosas, de las que aquí carecemos. Después ellos nos proporcionan
la secuencia de ADN “cruda”. Son más de dos mil millones de pares de
bases, prácticamente un DVD lleno de cuatro letras que son A, C, G,
T (bases del ADN). Esto se depositó en una base de datos y luego
asignaron tareas a los distintos grupos que estamos dentro del
Consorcio. La nuestra, específicamente, fue estudiar el degradoma o
conjunto de todos los genes de proteasas, que suponen algo más del
2% del genoma: más de setecientos genes. Nuestro análisis consistió
en estudiar, una por una, cada una de las setecientas proteasas del
ornitorrinco, y compararlas con las que ya conocíamos de humano, de
rata, de ratón y de chimpancé para identificar cambios en estos
genes que explicasen algunas de las diferencias fisiológicas entre
estos mamíferos.
-¿Qué primeras
conclusiones se han sacado de este estudio?
-Lo más espectacular fue encontrar que habían desaparecido los genes
implicados en la digestión gástrica. Son unos genes conservados no
sólo en los mamíferos, sino también en peces, pájaros o reptiles. Y
sin embargo en el ornitorrinco no están, lo que se relaciona
perfectamente con la ausencia de un estómago funcional. Además,
encontramos otras diferencias. Por ejemplo, hay dos genes que se
sabe que están implicados en la formación del esmalte dental y en el
ornitorrinco no existen, están borrados de su genoma. Efectivamente,
el ornitorrinco adulto no tiene dientes.
(...)
Artículo completo en la edición de papel
|