|
La costa cantábrica ejerce sus encantos a lo largo y ancho de su
superficie. Lo saben bien los constructores, conocedores de hasta
qué punto se revaloriza un terreno con vistas al mar. Y lo saben
también los alcaldes de los concejos costeros, que se han apresurado
a sacar a pasear nuevos planes urbanísticos conforme avanzan las
obras de la Autovía del Cantábrico.
Asturias tenía, hasta hace pocos años, la seña de identidad de la
incomunicación. Era la Asturias de las carreteras tortuosas, las
mismas que gracias a su dificultad preservaban los espacios
naturales. Ahora las cosas han cambiado, en buena medida gracias al
adelanto de las infraestructuras que nos permiten desplazarnos con
suma facilidad de norte a sur, de este a oeste. Doble esfuerzo habrá
que hacer ahora para que sigamos teniendo los 350 kilómetros de
costa mejor conservados de España. Asusta el efecto “Marbella”, que
desde diferentes sectores se intenta evitar en esta región. La misma
Ministra de Medio Ambiente ha expresado sin quererlo sus temores al
afirmar -en su última visita al Principado con motivo de la firma de
un acuerdo para el Plan Nacional de Calidad de Aguas- que desde el
Gobierno Central se plantea la compra de terrenos que preserven la
línea de costa, cada vez más cotizada. Y eso a pesar de que los
efectos del cambio climático se harán notar en el litoral, con
consecuencias cuya magnitud es imposible precisar con absoluta
certeza. Aún así, el potencial de la costa se incrementa. Y no sólo
se mira hacia ella por su gancho turístico y residencial, sino
también por las posibilidades que ofrece de cara al futuro el
transporte marítimo.
Y es que al parecer, dado el excesivo incremento de tráfico
terrestre, el mar se consolida como la mejor de las autopistas para
el transporte de mercancías. La UE así lo ha determinado, apostando
por la creación de las denominadas “Autopistas del mar”. Según el
mismísimo Comisario Europeo, el transporte marítimo es más barato y
respetuoso con el medio ambiente. Y poco ha faltado para que
Asturias se ponga las pilas a la hora de optar a buenos puestos de
mercado, eso sí, negociando y estando a bien con su compañera más
próxima, la comunidad gallega. Conjuntamente, como si de buenos
compañeros de pupitres se tratase, Asturias y Galicia han estudiado
y han presentado una candidatura al concurso convocado entre Francia
y España, que determinará quién se lleva en este caso “la autopista
al agua”. Gijón es cabecera en una de las propuestas. Y aunque mucho
hemos oído sobre la controvertida ampliación del Musel, todavía
oiremos mucho más en caso de que se adjudique. Será una decisión que
probablemente se resuelva en el plazo de unos meses y que, aseguran,
abrirá nuevos horizontes al mercado asturiano.
Por un lado son buenas noticias, ya que la crisis de los astilleros,
la merma productiva de los caladeros, la certeza de un cambio
climático, son ecos negativos de una realidad que afecta a nuestro
querido Cantábrico. Por otro, supone un aviso real a navegantes, y
no precisamente a los de aguas saladas, si no a los que navegan en
Puertos del Estado: es tiempo de poner remedio a las deficiencias
existentes en Seguridad marítima y luchar contra la contaminación.
Lo del Prestige no puede caer en saco roto, si pretendemos que
Asturias tenga una gran autopista del mar. Hay que adelantarse a los
acontecimientos futuros y si, como se calcula, hay un posible gran
incremento del tráfico marítimo, habrá que tomar cartas en el asunto
y prever posibles incidencias. Sin ser pájaros de mal agüero, buscar
soluciones a posibles problemas. Y ya vamos con retraso.
|