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Ya
no hay viajes largos en Asturias. Es posible salir de Peñamellera y
llegar a Vegadeo en medio día, o salir de la capital e instalarse en
Cangas del Narcea en hora y media. Sin duda, los viajes no son lo
que eran: preparaciones exhaustivas de equipaje para una mentalidad
curvilínea, por eso de “agárrate que vienen curvas”, que eran muchas
y agotadoras.
Ahora se lleva lo recto. Cuanto más estirado mejor, porque sin duda
se llega más rápido. Si hay que cruzar una montaña, se horada y se
atraviesa. Si hay que vadear un río, por grande que sea, se puentea.
Hay soluciones para todo. Rapidez y ningún sobresalto, es lo que nos
aseguran las grandes líneas que atraviesan nuestra tierra, las que
se enfrentan a nuestra intrincada orografía sin salir perjudicadas.
Son ellas las victoriosas, pues se llevan todos los halagos, y en
buena medida nos libran de atascos.
Y, aunque bienvenidas sean las grandes autovías que nos permiten
movernos por la región, entrar y salir en un periquete –como dicen
las abuelas-, y que permiten que Asturias sea competitiva y se
convierta en destino turístico de referencia, hoy son otras líneas a
las que nos gustaría hacer un pequeño homenaje: esas otras
carreteras, las de siempre, las de las curvas, las que conducen a
las remotas aldeas. A aquellos núcleos en los que apenas encontramos
habitantes, y los que están son mayores porque los jóvenes se han
ido.
El 75% de la población asturiana se concentra en el 10% del
territorio, y buena parte en el centro de Asturias, la zona mejor
comunicada. Comunicación parece llevar a concentración;
incomunicación a aislamiento. A soledad como la que viven los
ganaderos de Somiedo, o los pastores de los Picos de Europa, porque
prescinden de muchas de las ventajas de las autovías por continuar
con sus tradiciones y costumbres, así, sin prisa, sin estrés. En
curvo.
Por eso, también hay que agradecer las salidas de las autovías, las
carreterucas que parecen no llevar a ninguna parte. Hay que
disfrutarlas, transitarlas despacio (las curvas no permiten correr
demasiado), insistir y no desfallecer por el camino. Así se llega a
aldeas como La Azorerina, en Tineo, tras recorrer un trazado que
desafía toda lógica, porque tiende más a la circunferencia que a
cualquier otra figura geométrica, porque sorprende con estrecheces
insólitas y algún que otro socavón a medida que uno se acerca al
lugar de destino.
Pero vale la pena. Compensa llegar a un lugar tranquilo, con un
silencio sólo roto por cencerros y agua de arroyos, o conversaciones
de paisanos en madreñas que conducen a sus rebaños con el cayáu en
la mano. Paréntesis espaciales y temporales, donde el pasado aún es
presente: locura de anticuarios que pueden encontrar todo tipo de
útiles guardados bajo los hórreos, histeria de etnógrafos, que se
las ven y se las desean para recoger testimonios y pruebas gráficas
de una cultura con fecha de caducidad.
Siempre es sorprendente darse cuenta de que, en pleno siglo XXI,
existen núcleos con una única salida y entrada, principio y fin de
un camino, con suerte, asfaltado en su último tramo. Son lugares en
peligro de extinción, como los urogallos, pero al igual que “Mansín”,
el ave que estos días se ha paseado por Tarna, gustan de la
presencia humana. Y atraen a los turistas, que van a sacarse fotos o
simplemente a olisquear la nostalgia de lo que se están perdiendo.
De lo que se está perdiendo.
Vivan pues las autovías y los viajes cómodos, las infraestructuras,
las comunicaciones que nos hacen ganar rapidez y seguridad en
nuestra vida diaria. Pero vivan también esas curvas que nos hacen
“perder el tiempo”, que nos recuerdan que a veces lo importante es
el camino. Y que cuanto más cuesta llegar, más vale la pena. § |
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