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Así
somos los asturianos, amigos de las alturas, lo cual no es extraño
siendo hijos de una tierra tan generosa en cumbres.
La naturaleza no nos ha acostumbrado a las llanuras, al horizonte
siempre despejado, a las grandes superficies desprovistas de
escollos para la vista. No. Lo cierto es que estamos habituados a
ver siempre un trocito de cielo y no la bóveda completa; sólo un
recorte, flanqueado siempre por sierras suaves o cumbres escarpadas,
copas de árboles frondosos o perfiles de casas que se descuelgan por
las laderas. Por eso, para ver más cielo los asturianos tenemos que
subir, trepar, ganar altura, conquistar algún lugar que nos sirva de
atalaya. Miradores no nos faltan, porque allí donde pongamos la
vista encontramos un pliegue del terreno, una cuesta empinada, una
loma, una sierra, una cumbre, una pared de roca que superar. Y
arriba, el premio al esfuerzo. La conquista. La victoria. El cielo.
Ésas son las alturas que nos acompañan a los asturianos, que marcan
nuestro carácter. Ellas son las que nos reconcilian con el vértigo,
nos dan lecciones sobre el valor, la tenacidad, la humildad, el
esfuerzo y, de vez en cuando nos conceden una recompensa: la
posibilidad de disfrutar unos minutos de privilegio, compartiendo
espacio con las águilas.
Ésas son las alturas que marcan el devenir de nuestra historia.
Pero estamos en el siglo XXI, y toca modernizarse, nos dicen. En la
capital del Principado se propone la construcción de tres torres de
casi ciento cuarenta metros de altura, prácticamente pegadas al
casco histórico de la Ciudad. Un comité consultivo de la UNESCO ya
ha declarado que es un proyecto que tiene poco que ver con la
modernidad y mucho que ver con cuestiones urbanísticas. El debate
está en la calle. Los ciudadanos se plantean entonces qué es el
progreso arquitectónico y si éste debe prevalecer sobre los
criterios estéticos de una ciudad antigua, caso de Oviedo. También
Gijón pretende levantar torres de gran altura, aunque no tanta ni
quizá en un entorno con una personalidad arquitectónica tan marcada.
En este asunto, como en tantos otros, somos los ciudadanos los que
en último término debemos decidir qué tipo de ciudades queremos, al
margen de tendencias pasajeras, modas arquitectónicas o cuestiones
especulativas. Debemos decidir y exigir, y hacerlo con conocimiento
de nuestra historia y del carácter que nos define, con perspectiva
amplia y criterio prudente. Se decía en estos días, con buen juicio,
que “Oviedo no es Nueva York”. Y es cierto. Bastante tenemos con ser
lo que somos, y serlo bien, orgullosos de lo nuestro. Asturias
entera tiene ya su propio sello, su sabor, su tradición, su
estética. Es lo que nos caracteriza, nos define, y nos proporciona
nuestra particular forma de estar en el mundo. Esta no es tierra
para megalomanías particulares. Otros lugares habrá para amantes de
grandísimas construcciones, para la ruptura, para la dudosa
vanguardia y la trasgresión estética. Será porque Asturias es
pequeña y concentra su sabor en las pequeñas cosas... y también
algunas grandes. Grandes, pero integradas en el paisaje con
majestuosidad. Cuando los urbanistas consigan que una mole de acero
y hormigón encaje en su entorno y se levante sobre los tejados, con
la misma naturalidad con la que se yergue la gran mole de piedra del
Naranjo de Bulnes entre el resto de montañas, podremos decir que
habrán dado en el clavo.
A ver si hay algún prestigioso arquitecto que acepte el reto.
Ésas, y no otras, son las alturas que nos gustan. § |