Editorial

MARZO 2008

 

 

Asturias,
a la altura

 

Así somos los asturianos, amigos de las alturas, lo cual no es extraño siendo hijos de una tierra tan generosa en cumbres.
La naturaleza no nos ha acostumbrado a las llanuras, al horizonte siempre despejado, a las grandes superficies desprovistas de escollos para la vista. No. Lo cierto es que estamos habituados a ver siempre un trocito de cielo y no la bóveda completa; sólo un recorte, flanqueado siempre por sierras suaves o cumbres escarpadas, copas de árboles frondosos o perfiles de casas que se descuelgan por las laderas. Por eso, para ver más cielo los asturianos tenemos que subir, trepar, ganar altura, conquistar algún lugar que nos sirva de atalaya. Miradores no nos faltan, porque allí donde pongamos la vista encontramos un pliegue del terreno, una cuesta empinada, una loma, una sierra, una cumbre, una pared de roca que superar. Y arriba, el premio al esfuerzo. La conquista. La victoria. El cielo.
Ésas son las alturas que nos acompañan a los asturianos, que marcan nuestro carácter. Ellas son las que nos reconcilian con el vértigo, nos dan lecciones sobre el valor, la tenacidad, la humildad, el esfuerzo y, de vez en cuando nos conceden una recompensa: la posibilidad de disfrutar unos minutos de privilegio, compartiendo espacio con las águilas.
Ésas son las alturas que marcan el devenir de nuestra historia.
Pero estamos en el siglo XXI, y toca modernizarse, nos dicen. En la capital del Principado se propone la construcción de tres torres de casi ciento cuarenta metros de altura, prácticamente pegadas al casco histórico de la Ciudad. Un comité consultivo de la UNESCO ya ha declarado que es un proyecto que tiene poco que ver con la modernidad y mucho que ver con cuestiones urbanísticas. El debate está en la calle. Los ciudadanos se plantean entonces qué es el progreso arquitectónico y si éste debe prevalecer sobre los criterios estéticos de una ciudad antigua, caso de Oviedo. También Gijón pretende levantar torres de gran altura, aunque no tanta ni quizá en un entorno con una personalidad arquitectónica tan marcada.
En este asunto, como en tantos otros, somos los ciudadanos los que en último término debemos decidir qué tipo de ciudades queremos, al margen de tendencias pasajeras, modas arquitectónicas o cuestiones especulativas. Debemos decidir y exigir, y hacerlo con conocimiento de nuestra historia y del carácter que nos define, con perspectiva amplia y criterio prudente. Se decía en estos días, con buen juicio, que “Oviedo no es Nueva York”. Y es cierto. Bastante tenemos con ser lo que somos, y serlo bien, orgullosos de lo nuestro. Asturias entera tiene ya su propio sello, su sabor, su tradición, su estética. Es lo que nos caracteriza, nos define, y nos proporciona nuestra particular forma de estar en el mundo. Esta no es tierra para megalomanías particulares. Otros lugares habrá para amantes de grandísimas construcciones, para la ruptura, para la dudosa vanguardia y la trasgresión estética. Será porque Asturias es pequeña y concentra su sabor en las pequeñas cosas... y también algunas grandes. Grandes, pero integradas en el paisaje con majestuosidad. Cuando los urbanistas consigan que una mole de acero y hormigón encaje en su entorno y se levante sobre los tejados, con la misma naturalidad con la que se yergue la gran mole de piedra del Naranjo de Bulnes entre el resto de montañas, podremos decir que habrán dado en el clavo.
A ver si hay algún prestigioso arquitecto que acepte el reto.
Ésas, y no otras, son las alturas que nos gustan. §

 

 

 
   

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