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-¿Cómo gestiona un profesional de Humanidades su trabajo en la
Universidad de Pace?
-Lo cierto es que hoy en día el interés por las
Humanidades está decreciendo aquí, allí y en todo el mundo. Es una
cuestión práctica: obviamente los estudiantes eligen carreras con
las que puedan encontrar trabajo. Por eso además de literatura
enseño cultura aplicada; temas como el feminismo, el cine;
cuestiones sociales y medioambientales desde el punto de vista de
los países hispanos; también cursos de español aplicado a los
negocios, de traducción, etc. El programa está bien, pero estamos
perdiendo números y profesores. Es una realidad hoy en todas las
Universidades.
-Durante el curso pasado y por primera vez, organizó unas Jornadas
de Cultura Asturiana en la Universidad de Nueva York. ¿Cómo se
fraguó esa idea?
-Surgió en Asturias, precisamente en la Oficina de
Emigración. Me habían comentado que estaban organizando actividades
por Europa y por Sudamérica para unir a la comunidad asturiana en
estos países. Me pareció una idea excelente. Quise que sirviera de
puente de comunicación, y además que fuese un escaparate para los
asturianos que están en Estados Unidos para que presentasen sus
actividades, se diesen a conocer y se crease un grupo a modo de red
de comunicación.
-¿Y qué peso tiene la comunidad asturiana en este contexto?
-La emigración moderna es un fenómeno de auge
reciente. Hoy ya no existe el concepto del emigrante como el que
había hace un siglo, o hasta la Guerra Civil, o incluso hasta los
años 60. En el mundo moderno, la emigración que sale de Asturias es
especializada y profesional. Además, son personas muy móviles, no
van para quedarse en un sitio y hacer una fortuna; si al cabo de un
tiempo tienen que cambiar de país, lo hacen. Por otra parte, el
concepto de emigrante hoy es muy diferente al de antes, porque estos
van, vienen y viajan.
-¿Cómo definiríamos entonces al nuevo emigrante?
-A partir de los años 80 ya se habla de otro
concepto, el transnacionalismo. Se trata de personas que participan
de dos culturas al mismo tiempo, la de Asturias y la del país de
acogida, viviendo con identidades múltiples, cambiantes y variables.
Yo mismo soy un ejemplo.
-Los centros asturianos ¿qué papel juegan en estos momentos?
-Son centros que surgieron con un sentido de acogida,
de comunicación, de asistencia social. Promovían la repetición de
unos valores tradicionales que la audiencia pedía en esos momentos.
Muchos de estos valores en el mundo de hoy ya no tienen sentido. Las
tradiciones sí, por supuesto, pero no lo del retorno y la nostalgia.
¿Quién no viene a Asturias dos o tres veces al año? Ya no puede
haber ese sentido de la patria perdida, o la Asturias idealizada.
-La cultura asturiana tiene su hueco dentro de la cultura hispana.
¿Qué está aportando?
-Antes se estudiaba lo que se llamaba la crítica
regional, que pretendía buscar cuáles eran las señas de identidad o
identificatorias. Ahora hablamos de un regionalismo crítico, que lo
que hace es buscar qué es lo que nos identifica como diferentes,
dentro de lo que supone la homogenización cultural que está trayendo
la globalización, la televisión e Internet. Y dentro de ese
regionalismo crítico, la llingua asturiana es uno de nuestros signos
de identidad, como para cualquier cultura. Sin embargo en este país
todavía se ve la lengua como algo marginal, con lo cual estamos
tirando piedras sobre nuestro propio tejado. |