“En Asturias, en contra del sentido común, vuelve a desenterrarse el hacha de guerra para erradicar de forma definitiva al lobo, a pesar de que los daños sean inferiores al 2%”

 

 Opinión

MARZO 2008

 

 

 Lobos: barra libre para exterminarlos

  Comentarios. Nuevos asturianos con o sin contrato

 Asturias Opina. Telecentros de Asturias, en proceso de cambio

 

 

Lobos:

barra libre para exterminarlos

Por Alberto Carlos Polledo Arias

Hace un tiempo que no me tropiezo con esos grandes cazadores de pelaje gris con cabeza robusta, ojos oblicuos y rasgados, mandíbula potente y una cola gruesa densamente poblada y renegrida en su extremo, llamados lobos. Aunque, eso sí, a menudo escucho sus aullidos y localizo sus pisadas inconfundibles, más anchas y alargadas que las del perro, impresas sobre la nieve y el barro; también encuentro los excrementos -casi siempre de color gris oscuro, aunque el tono puede variar en función de la dieta del momento- que suele depositar en un lugar elevado para marcar su territorio. La misma función que realiza cuando orina en lugares estratégicos, araña el suelo o se frota contra matorrales y rocas. Son animales monógamos que crean verdaderas familias en las que la supervivencia de los lobeznos las primeras semanas de vida depende de los cuidados y defensa de la hembra frente a otros depredadores (águila real y búho real). Mientras, el macho, que no abandona el grupo familiar, aporta el alimento necesario para su desarrollo. Jabalíes, corzos, zorros, mustélidos, liebres, palomas, perdices, ratones, escarabajos, saltamontes, frutos silvestres y algún hongo, son la fuente de su variada nutrición. A la que hay que añadir, de vez en cuando, perros y ganado doméstico.
Hasta aquí esta somera y aséptica presentación de un mamífero imprescindible para que la pirámide animal mantenga un equilibrio correcto, siempre que el número de ejemplares existentes en los diferentes espacios geográficos sea el adecuado para controlar la población de ciervos, corzos, jabalíes, zorros y mustélidos que, como observamos con preocupación, crece desmesuradamente: hecho que va en contra de estas mismas especies y, sin duda, acarreará la desaparición, por alterar su hábitat y eliminar sus puestas y polladas, del ave mítica de nuestros hayedos: el urogallo.
No puedo ni voy a negar mi admiración por estos imponentes cánidos que han librado una lucha secular con el hombre para sobrevivir. Según el naturalista Grande del Brío, hacia 1920 ya había sido eliminado de gran parte de Andalucía y del tercio Este peninsular, además de la casi totalidad de nuestras costas. Su regresión continuó en la Península durante casi todo el siglo XX, aunque logra permanecer en las sierras del oeste y del norte del país y, estos últimos años, se aprecia cierta expansión pues han colonizado zonas de Valladolid y oeste de Vizcaya. Pues aquí, en Asturias, en contra del sentido común, vuelve a desenterrarse el hacha de guerra para erradicar de forma definitiva al lobo, a pesar de que los daños sean inferiores al 2%. Entiendo y comprendo que los ganaderos se desesperen cuando el lobo ataca a sus reses y mata potros, terneros, ovejas o cabras y la administración no indemniza los daños de manera urgente, aunque ellos también deben de comprender que, hoy por hoy, no pueden dejar las reses a su libre albedrío en brañas y majadas. Dice el refrán, y con razón, que “el ojo del amo engorda al caballo” por eso deben de retomar el sistema tradicional de pastoreo - perros mastines y acompañamiento humano de los rebaños-. El riesgo de ataque de los carnívoros se incrementó notablemente a causa del despoblamiento de los pueblos, con el consiguiente aumento de matorral y monte bajo, que les proporciona un refugio excelente. Como bien saben, no se pueden repicar las campanas y estar en la procesión al mismo tiempo. Eso sin olvidar el daño que provocan a la ya deteriorada reputación del lobo los perros asilvestrados y domésticos que, en tantas ocasiones, se ven por el monte en grupos de tres, cuatro y hasta cinco ejemplares.
Otro colectivo que aboga por la desaparición del lobo, con mucha más influencia sobre la administración que el de pastores y ganaderos, es el de cazadores. Según ellos los lobos son los causantes del descenso de población de corzos y jabalíes, dato poco contrastado pues el aumento de las dos especies en las zonas bajas de Asturias es notable. Quizás haya habido merma de su población en la parte alta, debido a la notable escasez de bellota que hubo este año. Eso es lo que obligó a descender a muchos ejemplares en busca de alimento, y ya saben que cuando lo hacen jamás retornan: en los pueblos habitados hay plantaciones de maíz, fabas, castañas y basureros que les permiten tener, por los nutrientes que topan, hasta dos partos anuales y con camadas abundantes. En estas tierras sembradas los daños sí que son sobresalientes y, la Consejería, si no me equivoco, a lo largo del año paga más por daños de jabalí que de lobo; pero como a muchos de los que causa destrozos son cazadores a la vez que ganaderos, todos contentos.
Es alarmante que algunos sectores de la sociedad pretendan retornar a siglos de oscurantismo y traten al lobo como una alimaña -sólo les falta cobrar una prima por cada cola presentada al funcionario de turno- olvidándose de que sin su presencia se resquebraja la armonía natural. Tuvieron barra libre, hasta su exterminio, en el Cuera; ahora quieren extender su nefasta labor por tierras de Cangas del Narcea, Belmonte, Tineo, Teverga, Picos de Europa... Una locura que alguien debe atajar con celeridad. Para ello, nadie mejor que nuestra Consejera de Medio Ambiente Belén Fernández, que algo tendrá que decir sobre el tema. Eso espero. §

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Gonzalo Olmos Fernández-Corugedo

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En Asturias viven no menos de 30.000 inmigrantes extranjeros. Trabajan con asturianos, para asturianos y también algunos son ya empleadores de asturianos. Estudian con asturianos. Comparten los servicios públicos y prestaciones con asturianos. Simple y llanamente, porque son nuevos asturianos.

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Comentarios

Nuevos asturianos con o sin contrato

Por Gonzalo Olmos Fernández-Corugedo

Uno de los debates de la campaña electoral, introducido principalmente por el PP, ha sido la política de inmigración. Es cierto que el fenómeno inmigratorio ha resultado particularmente intenso en los últimos años, y que en un periodo de tiempo relativamente breve la composición social ha crecido en diversidad racial, nacional, lingüística, religiosa, etc. Evidentemente, la realidad de la inmigración ya incide en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana e introduce cambios importantes en algunos esquemas sociales. De eso hay que hablar, claro que se debe hablar.
Ahora bien, mucho depende del enfoque de partida y los objetivos que manejen quienes plantean que se debata sobre la política de inmigración en España. Una cosa es analizar sosegadamente si los conceptos de nación y de ciudadanía deben revisarse a la luz de la intensidad de los flujos migratorios; si los derechos políticos más elementales (votar y ser votado) deben seguir vinculándose sólo a la nacionalidad; si existe un umbral de acogida y cuáles son las consecuencias de las restricciones a los movimientos transnacionales de las personas; etc. Otra bien diferente es tratar de antemano de establecer diferenciaciones entre “ellos” y “nosotros”, como si no existiesen interdependencias o nativos y extranjeros formasen comunidades diferenciadas y homogéneas, algo fuera de toda realidad y con una pretensión discriminatoria muy peligrosa; o cuestionar a priori la voluntad de convivencia del inmigrante, alimentando la semilla de la desconfianza. Detrás de la enunciación de estos planteamientos viene la pretensión de ofrecer medidas que, con mayor o menor agresividad, traten de preservar los derechos de los nativos frente a los de los extranjeros, presuponiendo la existencia de colisión o de riesgo para los primeros, iniciando una dinámica de defensa frente al otro de la que se nutre todo planteamiento xenófobo.
En este sentido, la propuesta de Mariano Rajoy de obligar a los inmigrantes extranjeros a comprometerse con un contrato de integración tiene precisamente el marchamo del segregacionismo más puro, y, aunque es cierto que otros líderes derechistas europeos la manejan, no deja de ser una tímida emulación de las leyes que en décadas pasadas establecieron un régimen diferente de trato por razón del origen racial o nacional, mucho más allá de la regulación de las situaciones administrativas de los extranjeros en el territorio. Un par de puntualizaciones merece dicha propuesta. Para empezar, huelga decir que toda persona tiene en España que observar las leyes y que el incumplimiento de las mismas debe llevar aparejada la correspondiente consecuencia jurídica; nadie ha planteado otra cosa diferente y no sucede lo contrario en la práctica. Para seguir, el estándar común de conductas exigibles viene delimitado precisamente por lo que marcan las leyes, que además son imperativas, por lo que no es necesario la exigencia de un plus de voluntad de integración, llamémoslo así, que el cumplimiento de tales obligaciones. Para finalizar, a ningún ciudadano español se le exige, so pena de recibir una sanción, unas pautas de conducta moral concretas más allá del respeto a esa legalidad básica, sin perjuicio de que se anime la participación activa e identificación con los valores inspiradores del  ordenamiento jurídico; por el contrario, se plantea exigir al inmigrante extranjero que pase un examen cotidiano –al que nadie más se somete- para acreditar que cumple unos requisitos de vago contenido y máxima abstracción, vinculados a una idea de la españolidad que, cuando menos, debería ser objeto de debate. Obligaciones que se incluyen en un contrato, pero que, contrariamente a la noción elemental de todo contrato, tiene unas cláusulas que el inmigrante extranjero no puede negociar, ya que tiene que acatar leyes en cuya formación no puede participar; no puede rechazar y no son fruto de la autonomía de la voluntad, porque el contrato se le impone si desea seguir residiendo en España, aunque cumpla las condiciones fijadas legalmente; y no establece contrapartidas recíprocas, puesto que no hay ningún derecho adicional que se devengue por el cumplimiento del contrato. Llamar a esto contrato es un sarcasmo impropio de un registrador de la propiedad como Rajoy.
En Asturias viven no menos de 30.000 inmigrantes extranjeros. Trabajan con asturianos, para asturianos y también algunos son ya empleadores de asturianos. Estudian con asturianos. Comparten los servicios públicos y prestaciones –por los que pagan impuestos y cotizaciones- con asturianos. Simple y llanamente, porque son nuevos asturianos. La principal diferencia es que en estas elecciones se decide sin ellos, aunque se hable de ellos. Y, si se sale con la suya el PP, se decidirá contra ellos. §

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