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“En Asturias, en contra del
sentido común, vuelve a desenterrarse el hacha de guerra
para erradicar de forma definitiva al lobo, a pesar de
que los daños sean inferiores al 2%” |
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Lobos:
barra libre para exterminarlos
Comentarios.
Nuevos
asturianos con o sin contrato
Asturias
Opina.
Telecentros
de Asturias, en proceso de cambio
Lobos:

barra libre para exterminarlos
Por
Alberto Carlos Polledo Arias
Hace un tiempo que no me tropiezo con
esos grandes cazadores de pelaje gris con cabeza
robusta, ojos oblicuos y rasgados, mandíbula potente
y una cola gruesa densamente poblada y renegrida en
su extremo, llamados lobos. Aunque, eso sí, a menudo
escucho sus aullidos y localizo sus pisadas
inconfundibles, más anchas y alargadas que las del
perro, impresas sobre la nieve y el barro; también
encuentro los excrementos -casi siempre de color
gris oscuro, aunque el tono puede variar en función
de la dieta del momento- que suele depositar en un
lugar elevado para marcar su territorio. La misma
función que realiza cuando orina en lugares
estratégicos, araña el suelo o se frota contra
matorrales y rocas. Son animales monógamos que crean
verdaderas familias en las que la supervivencia de
los lobeznos las primeras semanas de vida depende de
los cuidados y defensa de la hembra frente a otros
depredadores (águila real y búho real). Mientras, el
macho, que no abandona el grupo familiar, aporta el
alimento necesario para su desarrollo. Jabalíes,
corzos, zorros, mustélidos, liebres, palomas,
perdices, ratones, escarabajos, saltamontes, frutos
silvestres y algún hongo, son la fuente de su
variada nutrición. A la que hay que añadir, de vez
en cuando, perros y ganado doméstico.
Hasta aquí esta somera y aséptica presentación de un
mamífero imprescindible para que la pirámide animal
mantenga un equilibrio correcto, siempre que el
número de ejemplares existentes en los diferentes
espacios geográficos sea el adecuado para controlar
la población de ciervos, corzos, jabalíes, zorros y
mustélidos que, como observamos con preocupación,
crece desmesuradamente: hecho que va en contra de
estas mismas especies y, sin duda, acarreará la
desaparición, por alterar su hábitat y eliminar sus
puestas y polladas, del ave mítica de nuestros
hayedos: el urogallo.
No puedo ni voy a negar mi admiración por estos
imponentes cánidos que han librado una lucha secular
con el hombre para sobrevivir. Según el naturalista
Grande del Brío, hacia 1920 ya había sido eliminado
de gran parte de Andalucía y del tercio Este
peninsular, además de la casi totalidad de nuestras
costas. Su regresión continuó en la Península
durante casi todo el siglo XX, aunque logra
permanecer en las sierras del oeste y del norte del
país y, estos últimos años, se aprecia cierta
expansión pues han colonizado zonas de Valladolid y
oeste de Vizcaya. Pues aquí, en Asturias, en contra
del sentido común, vuelve a desenterrarse el hacha
de guerra para erradicar de forma definitiva al
lobo, a pesar de que los daños sean inferiores al
2%. Entiendo y comprendo que los ganaderos se
desesperen cuando el lobo ataca a sus reses y mata
potros, terneros, ovejas o cabras y la
administración no indemniza los daños de manera
urgente, aunque ellos también deben de comprender
que, hoy por hoy, no pueden dejar las reses a su
libre albedrío en brañas y majadas. Dice el refrán,
y con razón, que “el ojo del amo engorda al caballo”
por eso deben de retomar el sistema tradicional de
pastoreo - perros mastines y acompañamiento humano
de los rebaños-. El riesgo de ataque de los
carnívoros se incrementó notablemente a causa del
despoblamiento de los pueblos, con el consiguiente
aumento de matorral y monte bajo, que les
proporciona un refugio excelente. Como bien saben,
no se pueden repicar las campanas y estar en la
procesión al mismo tiempo. Eso sin olvidar el daño
que provocan a la ya deteriorada reputación del lobo
los perros asilvestrados y domésticos que, en tantas
ocasiones, se ven por el monte en grupos de tres,
cuatro y hasta cinco ejemplares.
Otro colectivo que aboga por la desaparición del
lobo, con mucha más influencia sobre la
administración que el de pastores y ganaderos, es el
de cazadores. Según ellos los lobos son los
causantes del descenso de población de corzos y
jabalíes, dato poco contrastado pues el aumento de
las dos especies en las zonas bajas de Asturias es
notable. Quizás haya habido merma de su población en
la parte alta, debido a la notable escasez de
bellota que hubo este año. Eso es lo que obligó a
descender a muchos ejemplares en busca de alimento,
y ya saben que cuando lo hacen jamás retornan: en
los pueblos habitados hay plantaciones de maíz,
fabas, castañas y basureros que les permiten tener,
por los nutrientes que topan, hasta dos partos
anuales y con camadas abundantes. En estas tierras
sembradas los daños sí que son sobresalientes y, la
Consejería, si no me equivoco, a lo largo del año
paga más por daños de jabalí que de lobo; pero como
a muchos de los que causa destrozos son cazadores a
la vez que ganaderos, todos contentos.
Es alarmante que algunos sectores de la sociedad
pretendan retornar a siglos de oscurantismo y traten
al lobo como una alimaña -sólo les falta cobrar una
prima por cada cola presentada al funcionario de
turno- olvidándose de que sin su presencia se
resquebraja la armonía natural. Tuvieron barra
libre, hasta su exterminio, en el Cuera; ahora
quieren extender su nefasta labor por tierras de
Cangas del Narcea, Belmonte, Tineo, Teverga, Picos
de Europa... Una locura que alguien debe atajar con
celeridad. Para ello, nadie mejor que nuestra
Consejera de Medio Ambiente Belén Fernández, que
algo tendrá que decir sobre el tema. Eso espero. §
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¿Tienes algo que decir?
Envíanos tus opiniones,
sobre temas relacionados con Asturias, a
fusion@fusionasturias.com.
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En Asturias viven no menos de 30.000
inmigrantes extranjeros. Trabajan con asturianos, para asturianos y
también algunos son ya empleadores de asturianos. Estudian con
asturianos. Comparten los servicios públicos y prestaciones con
asturianos. Simple y llanamente, porque son nuevos asturianos.
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Comentarios

Nuevos asturianos con o sin contrato
Por Gonzalo Olmos Fernández-Corugedo
Uno de los debates de la campaña
electoral, introducido principalmente por el PP, ha
sido la política de inmigración. Es cierto que el
fenómeno inmigratorio ha resultado particularmente
intenso en los últimos años, y que en un periodo de
tiempo relativamente breve la composición social ha
crecido en diversidad racial, nacional, lingüística,
religiosa, etc. Evidentemente, la realidad de la
inmigración ya incide en muchos aspectos de nuestra
vida cotidiana e introduce cambios importantes en
algunos esquemas sociales. De eso hay que hablar,
claro que se debe hablar.
Ahora bien, mucho depende del enfoque de partida y
los objetivos que manejen quienes plantean que se
debata sobre la política de inmigración en España.
Una cosa es analizar sosegadamente si los conceptos
de nación y de ciudadanía deben revisarse a la luz
de la intensidad de los flujos migratorios; si los
derechos políticos más elementales (votar y ser
votado) deben seguir vinculándose sólo a la
nacionalidad; si existe un umbral de acogida y
cuáles son las consecuencias de las restricciones a
los movimientos transnacionales de las personas;
etc. Otra bien diferente es tratar de antemano de
establecer diferenciaciones entre “ellos” y
“nosotros”, como si no existiesen interdependencias
o nativos y extranjeros formasen comunidades
diferenciadas y homogéneas, algo fuera de toda
realidad y con una pretensión discriminatoria muy
peligrosa; o cuestionar a priori la voluntad de
convivencia del inmigrante, alimentando la semilla
de la desconfianza. Detrás de la enunciación de
estos planteamientos viene la pretensión de ofrecer
medidas que, con mayor o menor agresividad, traten
de preservar los derechos de los nativos frente a
los de los extranjeros, presuponiendo la existencia
de colisión o de riesgo para los primeros, iniciando
una dinámica de defensa frente al otro de la que se
nutre todo planteamiento xenófobo.
En este sentido, la propuesta de Mariano Rajoy de
obligar a los inmigrantes extranjeros a
comprometerse con un contrato de integración tiene
precisamente el marchamo del segregacionismo más
puro, y, aunque es cierto que otros líderes
derechistas europeos la manejan, no deja de ser una
tímida emulación de las leyes que en décadas pasadas
establecieron un régimen diferente de trato por
razón del origen racial o nacional, mucho más allá
de la regulación de las situaciones administrativas
de los extranjeros en el territorio. Un par de
puntualizaciones merece dicha propuesta. Para
empezar, huelga decir que toda persona tiene en
España que observar las leyes y que el
incumplimiento de las mismas debe llevar aparejada
la correspondiente consecuencia jurídica; nadie ha
planteado otra cosa diferente y no sucede lo
contrario en la práctica. Para seguir, el estándar
común de conductas exigibles viene delimitado
precisamente por lo que marcan las leyes, que además
son imperativas, por lo que no es necesario la
exigencia de un plus de voluntad de integración,
llamémoslo así, que el cumplimiento de tales
obligaciones. Para finalizar, a ningún ciudadano
español se le exige, so pena de recibir una sanción,
unas pautas de conducta moral concretas más allá del
respeto a esa legalidad básica, sin perjuicio de que
se anime la participación activa e identificación
con los valores inspiradores del ordenamiento
jurídico; por el contrario, se plantea exigir al
inmigrante extranjero que pase un examen cotidiano
–al que nadie más se somete- para acreditar que
cumple unos requisitos de vago contenido y máxima
abstracción, vinculados a una idea de la españolidad
que, cuando menos, debería ser objeto de debate.
Obligaciones que se incluyen en un contrato, pero
que, contrariamente a la noción elemental de todo
contrato, tiene unas cláusulas que el inmigrante
extranjero no puede negociar, ya que tiene que
acatar leyes en cuya formación no puede participar;
no puede rechazar y no son fruto de la autonomía de
la voluntad, porque el contrato se le impone si
desea seguir residiendo en España, aunque cumpla las
condiciones fijadas legalmente; y no establece
contrapartidas recíprocas, puesto que no hay ningún
derecho adicional que se devengue por el
cumplimiento del contrato. Llamar a esto contrato es
un sarcasmo impropio de un registrador de la
propiedad como Rajoy.
En Asturias viven no menos de 30.000 inmigrantes
extranjeros. Trabajan con asturianos, para
asturianos y también algunos son ya empleadores de
asturianos. Estudian con asturianos. Comparten los
servicios públicos y prestaciones –por los que pagan
impuestos y cotizaciones- con asturianos. Simple y
llanamente, porque son nuevos asturianos. La
principal diferencia es que en estas elecciones se
decide sin ellos, aunque se hable de ellos. Y, si se
sale con la suya el PP, se decidirá contra ellos. §
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