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¿De
quién es Asturias? De quien la pisa y la trabaja, pero también de
quien la siente más allá de sus fronteras. De quien la cuida día a
día, año tras año, generación tras generación. También de quien la
añora en la lejanía. De quien aprecia sus colores no en los
banderines políticos, sino en sus prados verdes, en el azul
cambiante de su mar, en sus ciudades multicolores. También del que
cuestiona sus interrogantes, del que evidencia sus claroscuros; del
que, sin traicionar su pasado, busca soluciones a incertidumbres
futuras.
¿Qué es ser asturiano? ¿Son los que están o los que tuvieron que
irse? ¿Son los que la viven o los que la sueñan? ¿Los que toman
decisiones o las que las acatan? Ahora Asturias retoma su camino
hacia un nuevo Estatuto de Autonomía, del que se dice que permitirá
una mejor financiación y más competencias, lo cual plantea no pocas
preguntas. Con este nuevo Estatuto, se seguirá caminando por la
senda del autogobierno, esperemos que sin mezclar contenidos con los
de otras comunidades. Pero en cualquier caso, Asturias no necesita
pelear por su identidad, porque ya la tiene. No hacen falta grandes
rupturas ni revoluciones, sino continuar con lo iniciado. Sólo hay
que reconocer lo evidente. Hay que conservar las tradiciones
amenazadas por la transformación de un medio, al que también hay que
preservar en la medida de lo posible.
Hay una cosa clara en todo este proceso: Asturias debe unificarse.
Mantener la diversidad, pero sumando fuerzas para ser más
atractivos. Es el secreto del turismo, uno de los puntos fuertes del
Principado, que cada vez más demuestra que esta tierra no tiene
dueños, sólo rendidos admiradores. Asturias vende, y el turista
compra. Y compra un conjunto de factores, no sólo una ciudad, una
playa, una montaña. Por qué conformarse con el interior si la costa
está a pocos kilómetros. Por qué conformarse con la costa si el
interior está a tiro de piedra. Por qué no ofrecer diez en vez de
uno, cuando en esta tierra hay de sobra.
No es descubrir la pólvora: todo esto ya se está haciendo. Lo saben
los gestores de las comarcas asturianas, que ya están explotando una
forma diferente de hacer turismo. La Comarca de la Sidra, por
ejemplo, ofrece conocer el Museo dedicado a esta bebida, hacer rutas
por el interior de Asturias y visitar las playas de Colunga y
Villaviciosa, todo en un radio de muy pocos kilómetros. Y lo mismo
las demás, que complementan sus atractivos naturales con otras
aventuras culturales o festivas.
También lo saben los creadores de campañas como “Ciudades de
Asturias”, que promociona juntas a las tres urbes más importantes.
Así, quien decida visitar Gijón y su múltiple oferta cultural, quizá
más tarde decida comer en Oviedo o llevarse una grata sorpresa con
la belleza del casco histórico avilesino.
Se acabó el tiempo de los localismos exacerbados, de protagonismos
en solitario. La unión no sólo hace la fuerza, sino que es la fuerza
misma. Afortunadamente, los que vienen a esta tierra no llegarán a
apreciar los enredos territoriales, las inquinas del sector de
turno, las entretelas de una crisis que ya se remonta, pero que aún
pega coletazos. Mejor así. Libre de condicionantes es posible
apreciar el alma de una tierra que se nutre de muchos factores:
todos imprescindibles, y también todos cuestionables. La esencia, en
cualquier caso, permanece sin tocar. Con Estatuto o sin él. § |