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“Sería
muy hermoso que los urbanitas volvieran de vez en cuando a sus
raíces y hablaran con las gentes: yo te enseño a diferenciar un
jilguero de un pinzón, y tú me enseñas tu pequeña pantalla de
Internet. Vamos a asombrarnos mutuamente”
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-¿Escribir para ti es una pasión, más que una profesión?
-Hay dos tipos de escritores. Por una parte, está el profesional que
vive de ello. Sabe que tiene que escribir todos los días, como
ocurre con los grandes columnistas o el propio escritor de novelas.
Aunque son muy pocos los que se ganan la vida escribiendo, para eso
hay que ser un gran escritor; otra cosa es que pertenezcas a un
medio de comunicación y que tengas tu soldada todos los meses. Por
lo tanto está el escritor de oficio y el de beneficio, que sería
aquel que escribe en beneficio de la sociedad, y al mismo tiempo
para él mismo, porque lleva dentro una serie de cuestiones que es
imprescindible sacar al exterior. Para mí escribir ha sido esas dos
cosas. No he vivido de la pluma, sino como profesor, y he sacado
pingües beneficios, pero soy feliz de haber escrito y de que mis
escritos hayan podido llegar a la gente.
-¿El
periodismo tiene que ser siempre comprometido?
-Sí. Existe el periodismo sentado, burócrata, de agencia, y otro
donde pateas, vas con la gente y te preocupas. Yo creo que el
periodismo es una “denuncia”, sacar a la luz noticias y elementos
que pueden ser desconocidos para que los valore el pueblo. Es una
revolución permanente. Es la noticia fresca y pura, lo escrito por
una persona que intenta dar luz a un problema social, contándolo al
mismo tiempo con un ápice de literatura para que sea grato al
lector.
Un periodista es aquel que tiene una noticia, y que al final de su
trabajo debería tener una moral. Es decir, después de escribir sobre
los cayucos que llegan diariamente a Tenerife o La Gomera hay que ir
más allá. Si no eres capaz o no te lo permite el periódico, elaborar
un pequeño editorial y contar ese sentimiento complementario sobre
cómo, cuándo y dónde llegaron esos desgraciados. Como dice Saramago,
que es uno de mis grandes maestros, para poder avanzar hay que mirar
hacia atrás, recogiendo a los que se han quedado descolgados.
-También
eres cronista oficial de Teverga, te resistes a perder la conexión
con el medio natural.
-Nunca la perderé. Yo necesito el sustento de un mundo rural con el
que ya hemos acabado, porque los políticos no han sabido hacerlo
bien. Se sabía, desde el gran éxodo de los sesenta, que había que
trabajar por el mundo rural: hacer carreteras no para sacar a la
gente de allí, sino para que se interconexionaran, llevarles la luz
y hacerles la vida más fácil. Aquí es donde están las raíces del
hombre, un hombre que empezó haciendo fuego y cazando cuando no
había rascacielos. Sería muy hermoso que los urbanitas volvieran de
vez en cuando a sus raíces, hacer una escapada y hablar con las
gentes, crear una comunicación a doble sentido: yo te enseño a
encender un fuego, o a diferenciar un jilguero de un pinzón, y tú me
enseñas tu pequeña pantalla de Internet. Vamos a asombrarnos
mutuamente con nuestras cosas. Ahí es donde está la esperanza.
-¿Para cuándo la nueva novela?
-Es la tercera, y yo me dije que a la tercera va la vencida. Creo
que es lo mejor que he escrito hasta ahora, y aspiro a que sea
publicada en una editorial nacional. Por el momento, con la ayuda de
una serie de amigos, se está perfilando y corrigiendo. No quiero que
se me escape un detalle: hay cientos de personajes, cientos de
imágenes que pueden ser repetitivas y no quiero cometer el error de
otros trabajos. Tengo tiempo. Con un poco de suerte podrá publicarse
en diciembre, y es probable que sea mi última novela, porque en ella
lo he dado todo.
(...)
Entrevista completa en la edición de
papel.
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